Comienzo el 2009 exiliado en la habitación. La wii toma el salón con dos niños jugando como locos a los bolos, al tenis y a todo lo que salga en la pantallita de marras.
Toca, como casi todos los años por estas fechas, pasar revisión de conciencia y reconocer que se me fue un poquino de las manos. Me pierdo al salir, tú. Es que me pierdo.
He salido y he acabado de todas las maneras posibles. Con y sin resaca. Con y sin acompañamiento. Con y sin un duro.
Ayer, mientras volvía a casa fagocitando sueño el taxista daba cabezazos al ritmo de Rammstein a 80 por hora. Yo, acongojado, me ataba el cinturon para sorpresa de mi compi de viaje. Risa nerviosa y deseo por bajar. El taxista, mudo y gótico, subía el volumen mientras yo pensaba que vomitarle la tapicería podría ser un buen castigo. No me cuesta, sabe usted. Me sale solo, sin forzar.
Después, una vez pagado y a salvo en una acera, daba brinquitos de alegría etílica y soñaba con una cama grande en la que revolcarme. Entre medias, se colaron, como siempre, pensamientos de otros y otras y me rompieron un poquino el sueño. Luego, cuando llegué a una conclusión y a un pacto conmigo mismo, dormí pensando en lo bueno del 2009. En lo que habrá que cambiar del 8 para que sea un 9. En los taxistas locos, las camareras amables, en las caprichosas y en los pensamientos prohibidos.
Tabula Rasa. De hoy en adelante, cambios, muchos cambios.
Hace 9 años

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