Me pongo a escribir y termino navegando entre Avatares, civilizaciones orwelianas, realidades distópicas y vayaustéasaber que más... Me pongo a escribir por semiobligación y uno acaba pensando que lo que le entretiene está relacionado con lo que tiene que hacer. Y puede que sí. Y puede que no. El caso es que estoy que me caigo y escribo por costumbre. Por acostumbrarme a escribir. Por hacer algo en lo que mi cuerpo serrano dice que "tururú chispún, chispún" y cae agarrotado por el sueño.
Entretanto, pienso en escribir sobre la búsqueda de empleo en internet en un post que titularé: "¿Cómo, cuando y por qué debe uno pensar en el suicidio asistido?"
Es ver unas piedras y allá que va el ser humano a tropezarse. Directo. Sin preguntar. Pongamos por caso que hace unos días a un tipo que se llama Diego le joden la vida en una tarde por un error policial y unos cientos de noticias. Pongamos que todo el mundo recula, entona el "¡Oh, por dios, Deontología Profesional!" y punto. (En realidad, antes del punto habría que remarcar como todos se echaron la mierda encima pero ninguno reconoció su labor en el linchamiento).
Días después, con la capacidad mental del tal Diego aún en un psicólogo van y sueltan a Samuel, un tipo que, al parecer, tuvo en su momento la afición (malsana) de enterrar el cadaver de una joven sevillana. Una joya, un prenda; digo yo. Pero es que lo digo yo: a título individual y personal. No sé si es verdad. No tengo ni puta idea de si el tipo este hizo lo que unos tipos dicen que le hizo a una tipa. No lo se. Pero sobre todo lo que no hago es poner una foto del chavalote saliendo en libertad condicional. Porque lo va a ver todo hijo de vecino y aún no se sabe si es o no es culpable. Porque la justicia está (o debería estar) muy por encima de linchamientos públicos y justicias tomadas por la mano invisible de Adam Smith.
"Quizá puedas animar al tigre en la ducha por la mañana; eso eliminaría la necesidad de calcetines... Pero el día es largo y masturbarse es divertido..." Andy Botwin.
Me retiene la atención "21 días fumando porros". Me atrapa, que dicen los porreros. Está ahora Samantha Villar con una familia americana (cuatro americanos, cuatro) que fuman como unos condenados. Familiares entre sí, pero condenados al fin y al cabo. Y sigue el asunto con un "gurú" de la marihuana al que visita todo quisque para fumar con él. 42 años consumiendo como un reloj y ahí lo tienes: con unas rastas hasta el tobillo y una versión sobre la sacralidad de María. Ahora, Samantha, se ha pillado con el gurú un "morao" de cuidado y se ha quedado muerta.
(Inciso: La banda sonora, casualmente, tiene mucho de Calamaro y Andy Chango).
Apago la tele. La cosa se terminaba con Don Andrés y su Libertad como fin de fiesta y no queda mucho que ver en la caja tonta. Pero Samantha Villar y su reportaje dan de sí. Por que tenian una entrevista a Escohotado donde se echaba de menos una canción y se soltaban varias perlas interesantes. Una era de ella después de perpetrar la entrevista en la que argumentaba, con lógica, que seguro que nadie, ni el propio Escohotado (¡Oh dioses!) se fumaría un mai para trabajar. Y esa es una idea lógica.
La otra era un diálogo entre ambos tal que así:
Escohotado: "¿Quiere fumarse un porrito de los mios?"
Samantha: "¿Tiene algo de particular su marihuana." Escohotado: "Hombre... creo que será mejor que las que hay por ahí."
Y el tipo, como quien va a por el azucar se va a por los canutos. Como dios manda. Don Escohotado rules. Y en esas que andaban los dos, él con su lucidez depresiva y ella con su paranoia porroide. Luego ella se iba de su casa como quien vuelve en un rato y todos tan amigos. Y ese es uno de los grandes logros del reportaje, que transmite esas cosas buenas que no son malas y esas cosas malas que no son buenas. Porque en el reportaje se la ve a gusto y se la ve jodida. Y muestra los dos lados pero no termina de demonizar algo que no puede ser demonizable. Y ya.