11 de diciembre de 2009

Parece que fue ayer...

Es ver unas piedras y allá que va el ser humano a tropezarse. Directo. Sin preguntar. Pongamos por caso que hace unos días a un tipo que se llama Diego le joden la vida en una tarde por un error policial y unos cientos de noticias. Pongamos que todo el mundo recula, entona el "¡Oh, por dios, Deontología Profesional!" y punto. (En realidad, antes del punto habría que remarcar como todos se echaron la mierda encima pero ninguno reconoció su labor en el linchamiento). 
Días después, con la capacidad mental del tal Diego aún en un psicólogo van y sueltan a Samuel, un tipo que, al parecer, tuvo en su momento la afición (malsana) de enterrar el cadaver de una joven sevillana. Una joya, un prenda; digo yo. Pero es que lo digo yo: a título individual y personal. No sé si es verdad. No tengo ni puta idea de si el tipo este hizo lo que unos tipos dicen que le hizo a una tipa. No lo se. Pero sobre todo lo que no hago es poner una foto del chavalote saliendo en libertad condicional. Porque lo va a ver todo hijo de vecino y aún no se sabe si es o no es culpable. Porque la justicia está (o debería estar) muy por encima de linchamientos públicos y justicias tomadas por la mano invisible de Adam Smith.
Y con esto y un bizcocho...

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